En Nápoles todo es posible. Si una ciudad tiene 27 siglos de antigüedad es que ha inventado todo.
Allí se inventó la pizza, cuyo nombre viene de la palabra griega "pita" pues con este pan mediterráneo se iniciaron las primeras pizzas.
Dos pizzeros napolitanos, Salvatore Serino y Salvatore Costagliola, han reconvertido la iglesia de Santa Maria Porta Coeli en la Via San Paolo en un restaurante de cocina napolitana tradicional.
El templo del siglo XIV, perteneciente a la familia Carminna, fue erigido en honor a San Pedro Apóstol y albergaba una imagen milagrosa de la Virgen.
En marzo de 2024, tras varias vicisitudes pasando por tienda y garaje, se convirtió en una pizzería que puede acoger hasta 50 comensales en dos plantas.
Nosotras comimos en la superior, que respeta la arquitectura del techo con su clave gótica.
Un irreverente y simpático cuadro de la Última Cena con pizzas preside la sala superior.
El secreto de su pizza reside en una masa con una técnica innovadora que usa la Biga, una suerte de masa madre diferente. Tras 48 h de fermentación se asegura la buena digestibilidad de la pizza.
Tienen pizzas clásicas y otras más innovadoras, así que nos decantamos por las dos.
La cerveza artesanal de su misma casa nos gustó mucho.
Pedimos de entrante una frittatina deliciosa ( €) que es una especie de croqueta con bechamel, carne, ragú y pasta.
La pizza Margueritta clásica es el punto de partida para catar bien la masa, el tomate San Marzano y la mozzarella fior di latte dei monti Lattari. Su precio de 7,5 €, además, es imbatible.
Y la innovadora Matteo (14,5 €) con salsa de crema de calabaza en lugar de tomate, blue di búfala, lardo irpino, anacardos tostados y aceite de trufa.
Allí los ves en su cocina vista con el horno a toda pastilla.
Un lugar insólito en el que se come muy buena pizza.


Comentarios
Publicar un comentario