Las personas que me seguís en el blog ya sabéis de mi devoción por las pastelerías antiguas (y las modernas también).
Los dulces son, quizás, el mejor regalo que se puede hacer a alguien, o a uno mismo, pues en un instante iguala al rico y al pobre, hace olvidar las penas y te llena de una alegría con recuerdos a la infancia.
A principios del siglo XX los dos hermanos Scaturchio abrieron una pastelería en la céntrica calle Toledo. Ellos venían de Calabria y trajeron la tradición de la pasta de almendra e inauguraron una fábrica de chocolate.
Giovanni, el menor de los Scaturchio partió a la Gran Guerra y al regresar, afortunadamente ileso, a Nápoles con su mujer austríaca, abrió la pastelería que existe hoy en día.
En la Piazza San Domenico Maggiore se encuentra el local de esta antigua pastelería que despacha los postres más emblemáticos de la repostería napolitana: la sfogliatella, la pastiera, el babá, las tartas de frutas...
Canolli, colas de langosta, croissants...
A los postres napolitanos tradicionales se unieron las creaciones austríacas. Creó un nuevo dulce o bombón llamado Ministeriale.
Pero ahí no acabaron sus creaciones. Su yerno Francesco inventó el babá Vesubio para la cumbre del G7 en Nápoles en 1994.
Sus deliciosos dulces tienen más sucursales donde probarse en otros barrios de la ciudad e incluso en la Estación Termini de Roma.
Nosotras compramos dos sfogliatelli para llevar: la frolla con masa más compacta y rellena de crema de ricotta y la riccia que es más crujiente con capas hojaldradas y rellena de ricotta cremosa. Ambas llevan frutas como la naranja en su interior.
Esas son sus especialidades más reconocidas. Estaban deliciosas.
Una pena no poder probar más cosas allí, como su pastiera, pero otra vez será.
Un lugar absolutamente recomendable en Nápoles, sobre todo si te gusta el dulce.
En la misma plaza, donde se encuentra la Universidad, pudimos ver a varias alumnas laureadas que celebraban su graduación.



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