Ya os hablé de este icónico y singular restaurante madrileño al ladito de la Puerta Del Sol en otra entrada del blog (pincha aquí)
Tras la pandemia, este restaurante del siglo XIX al que acudían numerosas personalidades y royals, cerró sus puertas y pensábamos que iba a ser definitivamente.
Afortunadamente, el grupo de Pescaderías Coruñesas se hizo cargo de la restauración y lavado de cara del restaurante y mantuvo su cocina con nuevas propuestas.
Aún no he ido a comer al comedor de la primera planta, pero hoy os voy a hablar de este consomé canónico.
Ahora existe una barra baja con asientos donde poder desayunar, tomar el aperitivo o un tentempié rápido. Antes todos estábamos de pie y despachaban tras dos barras.
Siguen manteniendo parte del mobiliario y enseres del restaurante antiguo, abierto en 1839. El samovar, la vitrina con los hojaldres, la caja registradora, los espejos...
Es un transporte a otra época el que sientes nada más traspasar el umbral. A mi hermana Carmen y a mi nos traslada a nuestra infancia y adolescencia cuando mis padres nos llevaban allí puntualmente en Navidad.
Despachan dulces, macarons, tartas y pasteles para llevar o comer allí.
El consomé que sirven es un caldo clarificado elaborado con huesos tostados y carnes.
Está absolutamente delicioso. Te lo sirven con el hojaldrito ad hoc. Y esa servilleta de papel grueso que imita a las de hilo antiguas.
También en la calle, a pie del restaurante, hay un carrito con el caldo que resucita a un muerto en estos fríos días de invierno.
Observad el contraste entre el empleado uniformado y con chistera al uso del siglo XIX con las personas transeúntes del siglo XXI.
El precio es de 5,5 € por una taza. Quizás os parezca caro, pero es el precio de algo eterno...
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