La Fundición O La Reapertura Del Emblemático Local Granjeño (By Aníbal Herrero)


Aunque yo no haya nacido en La Granja de San Ildefonso (Segovia, España), es el pueblo en el que nacieron mis padres y uno de mis lugares favoritos en el mundo.

Este lugar del que hoy os hablo es, además, un sitio imprescindible en mi vida. En él pasé cientos de tardes y noches en ni adolescencia y juventud y allí conocí a mi marido hace ya la friolera de 32 años.

También esta casa estaba ligada a mi niñez ya que en la planta superior de la vieja Plomería vivía mi tía abuela Conchita (nacida en 1905) en una casa que pertenecía al Patrimonio Nacional y a la que se accedía por el Ayuntamiento. Desde su casa nos escapábamos a ver los gigantes y cabezudos guardados en  el antiguo almacén de la plomería.

Cuando yo era niña abrió La fundición de mano de Paloma Vallejo-Nájera, que rehabilitó el lugar, encaló sus paredes, puso la barra de madera maciza en el bar, pintó de añil las mesas y taburetes altos y bajos y tapizó los cojines de sus bancos con rayas azules y blancas. También creó un patio con paredes tapizadas de hiedra en el que se estaba de lujo en las frescas noches de verano. 

En esos ventanales estaba el ventanuco



Era el local más bonito y con más encanto en La Granja de los años 80. Desde un pequeño ventanuco de su enorme pasillo me asomaba con mis hermanos a ver la gran fiesta que organizaba Paloma en el bar con motivo de la Virgen de agosto o de la Paloma.

En la zona al final de la barra del bar había una enorme chimenea que en invierno hacía las delicias de los que allí parábamos. ¡Cuántas conversaciones y risas tuvimos en ese rincón!

Por eso me dio tanta pena que cerraran "La Fundi", como la llamábamos sus parroquianos. 



En la página web de La fundición (pincha aquí) tenéis toda la historia del local.

Aníbal Herrero reabrió la antigua plomería y rehabilitando el local y manteniendo algunos de sus emblemáticos elementos. La barra de madera o Tajo de álamo negro la trasladó al zaguán, donde se encuentra el bar en el que tomar algo.


Nosotros comimos en el comedor en el que se encontraba el antiguo hospital de La Granja:


Aníbal nos comentó que la carta estaba recién puesta en marcha (nueva temporada) pero que mantenía algunos de los platos característicos de su novedosa cocina.


Comenzamos con sus célebres Croquetas fluidas de judiones (diez unidades el plato), delicadas y con todo el sabor del emblemático plato de La Granja:


Luego compartimos las texturas de chipirón y el Ceviche de Corvina, muy ricos ambos:


Tras los entrantes pedimos cada uno un segundo: la buenísima Terrina de cochinillo al curry rojo con vinagreta de comino:



El steak-tartar a su estilo:


El bacalao con morretes, riquísimo mar y montaña:


Las codornices estofadas con verduras encurtidas, un guiso clásico de las abuelas con el frescor ácido de los vinagrillos:


El rulo de rabo deshuesado con espuma de mostaza antigua:


Y el pato con salsa de vermú Garciani, un vermú clásico de la zona (de la antigua DYC de Nicomedes García):


Probé todos los platos y me gustó bastante su nueva carta (algunos más ricos que otros). Estábamos bastante llenos para el postre, pero yo quise probar su Tarta fluída de queso, que no me defraudó:



Y también pedimos su Créme Brûlée con helado de leche de almendras:


Todo acompañado de un vino de Ribera del Duero:


Realmente es un gusto que haya un restaurante así en La Granja. Habrá puristas que quieran el clásico cochinillo y los judiones, pero ya hay otros restaurantes del lugar que funcionan con esa oferta. Aníbal nos comentó que está muy contento con el proyecto y le felicitamos por tan sublime comida.


El precio por comensal: unos 30-35 euros por persona. Las raciones son generosas y te quedas muy satisfecho. Muy recomendable: ***


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